Yo había escuchado decir que Malta era el buceo más salvaje del Mediterráneo. Con aguas transparentes casi como el Mar Rojo y llenas de vidas. Con numerosos pecios de la segunda guerra mundial. A esto hay que añadir las descripciones que hacen las guías de viaje ensalzando a Malta por su carácter medieval como sede de la Orden de los Caballeros de San Juan u Orden de Malta.Ante estas descripciones no me podía resistir a visitar la isla. Y, como del dicho al hecho sólo hay un trecho, empaqué las aletas, la cámara y el regulador y me cogí un avión a Malta.
Lo que me encontré en ella fué.... pero espera! No se puede empezar un relato por el final! Comencemos pues por mi primera impresión de Malta. Justo después de aterrizar en su pequeño pero moderno y pulcro aeropuerto, a eso de las 22:00 horas, cogí un taxi para ir al hotel. Aquí fue donde empezaron mis dudas. El taxista o yo debíamos estar equivocados. O yo había cogido un vuelo erróneo y no estaba en Malta o el taxista debía pensar que estaba en Mónaco en plena carrera de Fórmula 1. Me recordó cierto taxi que tomé una vez en Aman (Jordania) circulando a toda velocidad cuesta abajo mientras el taxista vuelto hacia mi me explicaba lo bonita que era Petra. Sólo que en esa ocasión al menos las carreteras estaban en buen estado.
Porque si hay algo que Malta conserva de la Edad Media son las carreteras. Aunque más tarde me enteré que la mayoría de las carreteras fueron construidas durante la segunda guerra mundial. Aún me duele la espalda, por no decir otro sitio, pensando en los saltos que daba sentado en el asiento de atrás de la desvencijada camioneta del centro de buceo mientras recorría la isla hacia el punto de inmersión. Con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor mientras intentaba decidir si era mejor bajar la ventanilla y ahogarme con el polvo del camino, suponiendo que la ventanilla funcionase, o asfixiarme de calor. Al final la decisión la tomó la ventanilla.
Aún así, entre bote y bote del taxi, pude ir apreciando la arquitectura que se me haría familiar durante los próximos días. Nada de ladrillos. Supongo que en la isla no hay arcilla. Las fachadas se alternaban entre casas modernas y otras que por antiguas y abandonadas se encontraban casi en ruinas. Pero todas de esa piedra de tonos rosados que parece cubrir toda la isla. Con sus balaustradas de piedra y que, por alguna razón, me hicieron recordar la arquitectura renacentista veneciana.

Preciosa foto la del Blue Lagoon...y que gracia tus comentarios sobre el baño...aunque estando allí seguro que no era tan gracioso ;)
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